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miércoles, 1 de junio de 2022

¿Cómo influyen las creencias de los padres en las emociones de los niños?

 Aprender a controlar emociones extremas, como la ansiedad o la depresión, podría ser más llevadero para los niños entre 8 y 12 años cuando se les enseña a expresar lo que sienten y a desarrollar habilidades sociales para afrontar los momentos difíciles.

El periodo entre los 8 y los 12 años representa un momento de transición entre la infancia y la adolescencia, que tiene características particulares, como por ejemplo que los padres o cuidadores tienen mayores expectativas sobre los niños, se les exige mucho más y se espera un mejor comportamiento; no obstante, en ocasiones se invalidan sus sentimientos.

Luego de entrevistar a 217 padres e hijos, el estudio adelantado por la psicóloga Paola Andrea Pulido Escobar, magíster en Psicología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), encontró que las creencias de los progenitores o acudientes sobre las emociones mostraron una contribución significativa y directa sobre la regulación emocional de los niños.


La regulación emocional, entendida como la habilidad que teLnemos para modificar cómo nos comportamos ante una emoción de manera que podamos conservar nuestras relaciones interpersonales y fortalecer una comunicación respetuosa, contribuye a que los niños sean más felices y que en la adolescencia puedan desarrollar mejores lazos de confianza con sus padres, parejas y amigos".

Por eso, en la medida en que los padres desarrollen estrategias para afrontar los sentimientos de tristeza, miedo, soledad, ira, asco e incluso la alegría, sus hijos interiorizarán procesos de regulación emocional más asertivos.

Las variables

El estudio tuvo en cuenta tres variables: las creencias sobre las emociones de los padres, que son las ideas que tienen sobre sus propias emociones y las de sus hijos; las reacciones de los padres, es decir, qué es lo que hacen para acompañar los sentimientos de los menores, y la regulación emocional, o sea las estrategias que utilizan los padres y los niños para controlarse ante situaciones de exaltación o profunda tristeza.

Se evidenció que las reacciones de padres y madres ante las emociones hacen que los niños tengan herramientas adaptativas y desadaptativas para regular sus emociones.

Las adaptativas generan mayores resultados, como por ejemplo planificar, pensar en qué pasos se pueden realizar para solucionar la emoción, evaluar las perspectivas de las situaciones y comparar o darles un reenfoque positivo a las vivencias.

De otra parte, entre las desadaptativas están la rumiación –quedarse pensando una y otra vez en algo que ya sucedió–, la culpa, la victimización, o llevarlo todo a un escenario de catástrofe.

"Estas reacciones generan una regulación poco apropiada, que no es recomendable para el manejo de los sentimientos de esta infancia", anota la magíster.

También se encontró que hay padres que consideran que las emociones pueden ser perjudiciales para sus hijos o que no se deberían expresar. "Algunos suelen tener comportamientos de castigo o minimización de las emociones de los hijos y simplemente no   les enseñan a afrontar sus sentimientos, lo cual conlleva los problemas de depresión y ansiedad ya mencionados".

La experta asegura que se deberían aplicar estrategias desde la paternidad, para que los niños pueden planificar, evaluar y considerar de manera positiva sus emociones y las situaciones de su vida.

En ese sentido, la psicóloga asegura que es vital que los padres aprendan a mediar sus propios sentimientos, para luego llevar esas prácticas a sus hijos.

 






miércoles, 17 de noviembre de 2021

Buena alimentación contrarrestaría efectos de la altura en entrenamiento de niños

 Los niños que realizan práctica intensiva de deporte y además viven en ciudades como Bogotá, con altitud moderada (entre los 2.000 y 3.000 msnm), podrían presentar a largo plazo alteraciones en su salud, y seguramente en su proceso de crecimiento y desarrollo.

La terapeuta física Diana Marcela Ramos Caballero, investigadora del Doctorado en Ciencias - Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), afirmó que es esencial revisar las cargas de entrenamiento, y tal vez adoptar medidas como una buena alimentación que mejore la producción de antioxidantes y con ello se balancee esta situación.

“No quiere decir que los niños que viven en ciudades con altitud moderada deban mudarse a lugares de baja altitud o que deban dejar de practicar deporte”, señaló durante la presentación de los resultados de su trabajo doctoral en Tesis en 3 Minutos.

El cuerpo produce antioxidantes, pero para obtener el resto de los compuestos químicos que necesita depende de fuentes externas –la dieta principalmente–. Las frutas, las verduras y los cereales son fuentes ricas de betacaroteno, licopeno y vitaminas A, C, y E, antioxidantes alimenticios.

La investigadora mencionó que factores como el estrés, la polución y los malos hábitos alimenticios pueden aumentar la producción de sustancias nocivas para el cuerpo, conocidas como radicales libres u oxidantes.

En concentraciones altas, los radicales libres pueden ser peligrosos, pues dañan todos los componentes principales de las células, incluso el material genético o ADN, las proteínas y las membranas celulares.

“Para conservar un buen estado de salud es fundamental mantener un balance adecuado, por el contrario, cualquier situación que aumente la producción de oxidantes se relaciona con la aparición de enfermedades cardiovasculares o cáncer, por ejemplo”.

Agregó que otros factores como el proceso de crecimiento y envejecimiento, la vida en grandes altitudes –donde hay menos oxígeno– y la práctica de deporte de alto rendimiento también pueden incrementar los oxidantes, y por ende alterar el balance.

Midiendo el estrés oxidativo

En niños no se sabe si puede ocurrir lo mismo, y es un aspecto importante para indagar, ya que cada vez más este segmento de la población práctica deporte desde temprana edad y las cargas de entrenamiento podrían ser demasiado elevadas.

La investigadora destaca que en Colombia la mayoría de los niños deportistas viven en altitud moderada, lo que podría ser un factor estresor adicional.

Para profundizar en este aspecto, aplicó el perfil redox o de estrés oxidativo, un conjunto de análisis clínicos que valoran el sistema de defensa antioxidante endógeno y determinan el grado de estrés oxidativo en cuatro grupos de niños.

Así, primero tomó como referencia un grupo de 26 niños que vive en baja altitud –900 msnm– y observó lo que pasaba con dicho balance en comparación con otro grupo de 35 niños que, además de vivir en la misma altitud, entrenaban un deporte.

“Un primer hallazgo fue evidenciar una mayor producción de oxidantes que alteraban dicho balance”, señaló.

Después, para indagar acerca de qué sucedía en relación con la altitud moderada, tomó un grupo de 26 niños que residieran a 2.500 msnm y que no practicaban deporte.

“Encontramos que también se altera el balance y hay mayor producción de oxidantes, incluso más que solo los niños que practican deporte en baja altitud”.

Por último, observó un cuarto grupo de 35 niños que practicaba deporte y vivía en altitud moderada; este fue el que presentó mayores niveles de oxidantes y el de mayor alteración en el balance.

Afirmó, que “en ninguno de los tres grupos los antioxidantes alcanzaron a contrarrestar tales efectos y, por el contrario, fueron más bajos comparado con nuestro grupo de referencia”.