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jueves, 21 de agosto de 2025

Mareas fósiles revelan un mar antiguo en el corazón del Huila

 Hace casi 470 millones de años, lo que hoy es el municipio de Baraya, en el norte del Huila, no era un territorio de montañas, cafetales y quebradas, sino un mar poco profundo dominado por las mareas. Allí, en la quebrada La Cascabel, un hallazgo geológico reciente reconstruye ese paisaje perdido y abre una ventana a una de las etapas más enigmáticas de la historia de Colombia.

Se trata de la Formación Venado, un conjunto de rocas antiguas que guarda huellas de un mar que existió durante el periodo Ordovícico, comprendido entre hace 485 y 444 millones de años, y fue una de las etapas más fascinantes de la historia de la Tierra.

En ese tiempo los mares se llenaron de vida con trilobites —desde diminutos ejemplares que se enrolaban como cochinillas hasta otros que alcanzaban el tamaño de una bandeja de comedor—, junto con braquiópodos, animales de concha similares a las almejas que cubrían el fondo marino como si fueran jardines fósiles. También abundaban las algas, y en esa época aparecieron los primeros arrecifes construidos por organismos. Fue un tiempo de mares cálidos y poco profundos, de gran diversidad biológica.

El estudio fue adelantado por Carlos Ernesto Rodríguez Esquivel, magíster en Ciencias - Geología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien recorrió quebradas y afloramientos de la zona para caracterizar en detalle esta formación.

“Trabajar con estas rocas en el trópico es un reto; la densa vegetación cubre casi todo, y solo en quebradas como La Cascabel, afluente del río Cabrera, el agua deja al descubierto paredes de roca fresca que permiten observar su historia”, comenta el investigador.

Para llegar a estos afloramientos, el magíster realizó cuatro salidas de campo en épocas secas. Allí levantó la columna estratigráfica —esquema que muestra, de abajo hacia arriba, la sucesión, el espesor, la inclinación y las características de las capas de roca para entender la historia geológica del terreno— utilizando un bastón de Jacob, una brújula y una cinta métrica. También recolectó 41 muestras de roca, varias de ellas cortadas con sierra eléctrica para examinar sus estructuras sedimentarias. En el terreno contó con el apoyo de colegas geólogos y de la comunidad de la vereda El Totumo, que le facilitó el acceso a zonas de difícil ingreso.

Los análisis revelaron que la sedimentación estuvo dominada por procesos mareales, es decir que las corrientes de marea fueron las responsables de moldear y depositar los sedimentos que hoy se ven como estratos. Este descubrimiento confirma que en esa región, en vez de montañas, existía una amplia llanura costera, similar a las plataformas mareales que todavía se observan en lugares como el Pacífico colombiano o la costa de Corea.

Más allá de las estructuras sedimentarias

En los laboratorios de la UNAL Sede Bogotá, el investigador Rodríguez analizó en detalle las muestras con equipos de fluorescencia y difracción de rayos X, microscopios petrográficos y placas  

palinológicas, técnicas con las cuales determinó que los sedimentos proceden principalmente del Escudo de Guayana, un bloque continental antiquísimo. Este dato conecta al Huila con dinámicas tectónicas de gran escala y con la historia de Gondwana, el supercontinente del que Sudamérica formaba parte.

La búsqueda de microfósiles también fue decisiva. En las rocas negras de la Formación Venado se preservaban acritarcos, diminutas estructuras orgánicas resistentes al paso del tiempo. Entre ellos se identificaron especies como Adorfia hoffmanensis y Coryphidium bohemicum, que sirvieron para precisar la edad de los depósitos: Floiano superior-Dapingiano. Con esto se corroboraron interpretaciones previas y se resolvió un debate sobre la cronología de estas rocas.

"Aunque se trata de rocas con poco interés económico, ya que a partir de ellas no se pueden obtener hidrocarburos ni minerales de valor inmediato, cada aporte es una pieza en el rompecabezas global que busca reconstruir cómo era la Tierra en el Paleozoico”, subraya el magíster.

“En Argentina y Brasil la información es abundante, pero en Colombia todavía hay vacíos enormes, por eso este trabajo es como poner una ficha faltante en el mapa geológico del continente”, explica.

Según el experto, originalmente las rocas de la Formación Venado fueron sedimentos que, con el paso del tiempo, quedaron enterrados bajo nuevas capas. Ese enterramiento las sometió a más presión y temperatura, lo que cambió tanto sus minerales como los fluidos atrapados en su interior. Gracias a indicadores como la cristalinidad de la illita, la clorita, la moscovita autigénica y el cambio de color en los acritarcos, se determinó que las rocas alcanzaron temperaturas cercanas a los 200 °C, condiciones propias de la diagénesis tardía y de la anquizona baja.

Este rango es muy importante porque significa que los depósitos rozaron el inicio del metamorfismo, proceso por el cual, al quedar sometidas a calor y presión dentro de la Tierra, las rocas cambian sus minerales y su textura, sin llegar a fundirse; de ahí surgen el mármol y la pizarra, por ejemplo, pero sin llegar a transformarse del todo en rocas metamórficas. Eso permite diferenciar la Formación Venado de otras unidades en Colombia, que por décadas se clasificaron erróneamente como metamórficas o metasedimentarias, simplemente porque estaban endurecidas o presentaban cambios superficiales.

“Dicha precisión era fundamental, ya que siempre hubo la discusión de si eran sedimentarias o metamórficas; establecer la temperatura permitió confirmar que conservan sus rasgos sedimentarios, es decir que son rocas antiguas, profundamente enterradas y transformadas, pero aún preservan la memoria de su origen marino”, anota el investigador.

Reconoce además que este trabajo no habría sido posible sin el respaldo académico que encontró en la UNAL. Agradece de manera especial a los profesores Carlos Sánchez, director de la investigación; Gustavo Sarmiento, quien le abrió las puertas del Laboratorio de Caracterización Litogeoquímica 106A del Departamento de Geociencias; y al profesor Damián Cárdenas, cuyo apoyo fue decisivo en los análisis palinológicos.

El hallazgo en el municipio de Baraya invita a imaginar un Huila distinto: no de cafetales y montañas, sino de mareas fósiles, algas primitivas y sedimentos que viajaban desde el corazón del Escudo Amazónico para depositarse en un mar olvidado.







miércoles, 19 de mayo de 2021

Colombia, con alto potencial para aprovechar energías marinas

 Cinco fuentes de potencial energético marino en Colombia ayudarían a comunidades costeras aisladas: las mareas, las olas, las corrientes, los gradientes termales –diferencia térmica entre la superficie y el fondo del mar– y salinos, y la energía eólica en el mar.

Así lo detalla el ingeniero civil Andrés Osorio, director del Grupo de Investigación en Oceanografía e Ingeniería Costera (Oceánicos) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y director de la Corporación Centro de Excelencia en Ciencias Marinas (CEMarin), quien recuerda que hace 10 años el 66 % de la electricidad provenía de hidroeléctricas, el 32 % de termoeléctricas y apenas el 2 % de energías renovables, cifras que presentan un leve aumento en este último sector.

El experto considera que la vulnerabilidad del país por condiciones hidrológicas anómalas, como el fenómeno de El Niño, que hace que la demanda de energía se incremente un 3,6 % cada año porque los embalses son insuficientes, hace necesario diversificar la matriz energética.

No se puede olvidar que aunque el artículo 23 de la Ley 1715 de 2014 estipula que “la energía de los mares es el aprovechamiento de las olas, las mareas y el diferencial térmico de los océanos”, deja por fuera que Colombia es uno de los países con mayor potencial de generación de energía por gradiente salino en el mundo. Esta tecnología aprovecha las diferencias entre agua dulce y salada o una zona con alta y baja concentración de salinidad.

“Una de las oportunidades de la energía marina es que deja de verse solo como energía y se conecta a otros usos, como por ejemplo en La Guajira o San Andrés, donde el desarrollo de energías marinas daría acceso no solo a la energía sino también al agua potable”, explicó el ingeniero Osorio –doctor en Ciencias y Tecnologías Marinas– durante la Cátedra Colombia Bioazul: dos mares un país, territorios por explorar, de la UNAL.

Por la configuración de la costa colombiana se tienen corrientes de unos 0,7 m/seg, consideradas como bajas, ya que la tecnología actual recomienda un mínimo de 2 m/seg para que el recurso sea aprovechable.

Mareas y olas.

En cuanto a las mareas baja y alta, en las desembocaduras y los estuarios –como en el Pacífico colombiano– hay varios puntos en Buenaventura y Bahía Málaga donde las corrientes superan los 3 m/seg en momentos extremos. Aunque en un comienzo estos no se priorizaron , ahora, 8 años después de la ley, se está  empezando a pensar en ese potencial con el cambio de paradigma hacia el recurso local, ya no una gran central, sino en escala para atender una comunidad, donde sí hay potencial.

Las investigaciones en las que la participado el profesor Osorio desde hace una década han identificado que el oleaje sí tiene un gran potencial para comunidades aisladas.


En algunas zonas del Pacífico se alcanzan unos 6 kilovatios/hora por metro lineal; como las olas son altas, se mantienen así todo el año y son zonas aisladas, con bajo potencial solar por la nubosidad, el oleaje sería un recurso aprovechable en momentos de sequía de las hidroeléctricas.

Gradiente térmico y salino

En zonas del Ecuador se encuentran gradientes de más de 20 grados, lo cual significa que entre los 500 y 1.000 m de profundidad hay un cambio en unos 5 oC, y de ahí a la superficie se registran unos 28 a 30 oC.

“Eso es suficiente para usar una tecnología termoeléctrica, pero a partir del gradiente térmico se abre la puerta a un potencial de la energía no solo para electricidad sino para aprovechar las bajas temperaturas del fondo para enfriamiento, con el agua fría y la energía se puede desalinizar y tener agua potable en zonas como San Andrés, durante todo el año se pueden tener hasta 18 megavatios de capacidad instalada que llegaría incluso a 40”, dice el profesor Osorio.

Por último, explica que en el mundo ya hay desarrollos para aprovechar el gradiente salino y es clave que el país no solo se dedique a importar esa tecnología, sino que se desarrollen las capacidades locales.